Lorena Alfonso
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Liliana Golubinsky sueña pintando y pinta soñando. Sus obras condensan historias mágicas y trágicas, felices y tenebrosas. Como Alicia en el país de las maravillas, atravesamos el espejo para conversar sobre su universo pictórico.

Una congregación de personajes se asoma por el margen izquierdo de la tela. Avanzan en raras posturas, chocan y se tocan como autos en un embotellamiento. La odisea recién comienza. “Es como si fueran palabras”, dice Liliana Golubinsky, “pero son personas que se van entrelazando una con otra, como se entrelaza una palabra con otra palabra. Trabajo con la misma rapidez que si estuviese escribiendo un texto. Voy escribiendo un idioma humano. Me entusiasma porque a medida que voy adquiriendo velocidad los personajes se van sumando y, cuando más dibujo más me suelto.”
En su taller, las telas descansan sobre caballetes. Algunas están ya listas para transitar en el espacio, otras esperan el repentino zigzag de líneas y colores que va a posarse sobre ellas. Liliana es una trabajadora incansable y como un buen escritor no le teme a la tela en blanco. Es más, pintando y dibujando los miedos y las ataduras se esfuman. “Muchos personajes están en posturas que no puedo hacer: saltan alto, hacen arcos para atrás, vuelan, se paran de cabeza, … hacen lo que se les da la gana. Realizan acciones que uno fantasea que puede hacer. Por ejemplo, muchos de mis personajes andan en bicicleta y yo no sé andar en bicicleta o por ahí agarran un pájaro con la mano y yo le tengo miedo a los pájaros. ¡Mira lo que acabo de descubrir! Mis personajes hacen lo que yo no puedo. Con ellos soy libre, los personajes me liberan.”
Tranquila y a la vez inquieta, Liliana cuenta historias que se le ocurren al pasar o que rescata de viejas narraciones tradicionales. “Siempre aparece un cuento. Hay una obra que se llama Blanca Nieves faltó a la cita donde hay un enano que se está suicidando en la laguna. Me divierte mucho. Cuando me pongo solemne me resulta muy aburrido. Sin embargo, cuando le encuentro la vuelta, la diversión y el humor entonces ahí sigo para delante.” Los títulos de sus obras se le ocurren en medio de la vorágine creativa (“como a Yuyo Noé” dice, tímida): El círculo vicioso, Con toda el alma, El hongo venenoso, El juego de los errores o Casa rodante, que habla de cuidar la casa, el lugar dónde uno habita. Y también Algo estarán tramando, que es el nombre de la nueva muestra que la artista presentará junto al orfebre Marcelo Toledo el próximo 5 de octubre en Galería Rubbers.

¿Cómo surgió la idea de hacer una muestra en conjunto?
Quería hacer mis personajes en otro material. Que esa conexión que tengo con los personajes se materialice. No como una escultura sino otra cosa. Agarrarlos, tocarlos, moverlos y ponerlos en la obra. En las telas los muevo con el lápiz o con el marcador pero con el metal es diferente. Suelo trabajar con cosas cálidas como el lino y el pastel pero como el metal es un material frío y brilloso me entusiasmó. Me gusta cambiar, animarme a otras cosas. Seguí trabajando con multitudes pero de otra manera, salí un poco del plano y fui hacia el volumen.

¿Te llevaste bien con los nuevos materiales?
Sí, me llevé bien de entrada. Con Marcelo trabajamos separados, él hace los objetos y después me los da. Es curioso porque, al final, los dos terminamos haciendo tramas. Por mi parte, estaba trabajando en casas, corazones, lo humano, el refugio, el nacimiento y todo lo que eso conlleva. Da la casualidad que en mis obras los personajes que se relacionan todos tienen corazón, del lado derecho o del lado izquierdo (nunca está el corazón donde tiene que ir); se relacionan corazón con corazón, algo que trabajo hace mucho tiempo. Y cuando Marcelo me mostró lo que estaba haciendo eran corazones entretejidos. Así fue como le propuse que construya corazones para mis personajes. Me dio ocho corazones. Con un corazón que tiene alambre de púa hice un mártir pero me pareció forzado. Entonces, se me ocurrió hacer una serie que se llama La casa es chica pero el corazón es grande: casitas que van en cajas con los corazones. O sea, los dos nos complementamos sin trabajar juntos y sin contarnos demasiado lo que hacemos. Es interesante porque terminamos haciendo algo parecido. Marcelo me dijo “¡cómo tanta coincidencia!”, pero por algo se me ocurrió trabajar con él.

¿La trama también tiene que ver con las historias que hay detrás de esas representaciones?
Claro, la trama humana y también la trama de alambre. La trama en todo sentido: en lo que tramamos y en lo que hay alrededor de la palabra y del significado. A su vez, la muestra se llama Algo estarán tramando porque al principio no había que contárselo a nadie, iba a ser una sorpresa. Nadie se imaginaba que Marcelo Toledo podía trabajar conmigo y viceversa.

¿En algún momento sentiste que el nuevo material determinó tu pintura o tu dibujo?
En la serie de las cajas La casa es chica pero el corazón es grande sentí que me salí un poco de lo mío y pensé más en el material, lo puse en primer plano y lo acompañé con un entorno pero cuando le puse el título, porque me gusta poner títulos, me divertí y avancé.

En sus nuevas obras, Liliana Golubinsky pinta con colores saturados, más fuertes. Hay una potencia de color en los contornos que difiere de sus anteriores trabajos y varía, por ejemplo, en las ramas de los árboles y en las figuras. También hay nuevos personajes: los pájaros. “Vienen volando y se posan”, cuenta de modo casi inocente, “cuando voy caminando por la calle y veo las palomas, me dan pánico. Las aves son algo que uno no puede controlar. Si están volando se te vienen encima. Me producen una cosa muy especial, con ese ojo fijo que tienen”. Esa presencia atroz, siniestra, que recuerda a la película Los Pájaros de Alfred Hitchcock, se observa en sus relatos pictóricos como un elemento que la artista controla. “En mis obras puedo dominar a los pájaros, los mantengo quietos, les digo ‘quédense ahí, no molesten’. Ninguno vuela. Hay personajes que los sostienen por el cuello, otros los abrazan. En la pintura tengo el control pero cuando estoy en mi casa y me voy a dormir, por las dudas, cierro las ventanas.”
Las multitudes prolongan su protagonismo en sus historias pero ahora “hay un poco más de humor que antes y personajes que son más grandes”. ¿Cómo se te ocurren tus relatos? “Hace poco, estuve leyendo sobre la película El hombre que conocía el infinito que se trata de un matemático indio al que las fórmulas se le venían en medio de la noche mediante un Dios que lo visitaba. No digo que un Dios me visite pero las historias se me aparecen, me vienen solas. Los cambios también vienen solos. El cambio viene y me lleva a hacer otra cosa, no puedo volver para atrás. Lo que yo dibuje o pinté ya está, paso a otra cosa. Por ejemplo, cuando hice los polípticos tenía mucho entusiasmo, encargaba las telas, me sentaba a trabajar y los unía, jugaba como con una especie de dominó. Pero fue otra época y ya no los puedo hacer más. Hay un impulso hacia el cambio muy fuerte. ”
“Pinbujo o dibuturas. No hay una separación radical entre el dibujo o la pintura, es lo mismo. A veces necesito amasar la materia y otras veces necesito una cosa liviana, una línea imperceptible, un dibujo. Como a veces tengo ganas de pintar con música o en silencio.”, revela. “Siempre hay algo. Hay cuadros que tapo porque necesito trabajar en una superficie gigantesca y, entonces, retomo una tela que deje en algún momento pero no la resolví como me gustaba o siento que ya no me acompaña. De eso no tengo miedo. Soy una persona miedosa pero cuando pinto soy la persona más valiente que existe. Porque cuando dibujo con marcador indeleble no puedo ir atrás, lo que dibujé ya está, no lo puedo borrar.”

Con Sasha Dávila suelen decir que son hermanos del mismo padre porque el pintor Miguel Dávila fue su maestro y mentor. Hace unos años, mientras estaban en una feria, Sasha le sugirió que edite un libro con su obra. Liliana pensó que quizás era demasiado pronto pero agarró coraje e impulso y hoy el libro es un hecho consumado. Con texto de Rodrigo Alonso (curador y crítico de arte), el libro reúne la mayoría de las obras que la artista realizó desde mediados de los años noventa hasta la actualidad. “Me emocionó mucho ver el libro terminado. Cuando lo fui a buscar no pensé que era tan fuerte. Llegué a casa, me senté a mirarlo y me quedé así hasta que cayó la noche. Aunque me da un poco de pudor porque salgo fotografiada sonriendo y es como estar mirándome en un espejo sin filtro. Una sensación rara.” Cuenta que la primera vez que entró a un salón de pintura, el Salón de Obreros y Estudiantes, vio su obra colgada de lejos. “No pude pasar por enfrente y mirarla. Pase de costado. Ahora, ya me familiaricé con mi obra, estoy ahí soy la obra soy yo. Pero con el libro no me acostumbre todavía.”

La pintura como campo de batalla, se titula el texto principal del libro. ¿Crees que todavía seguís representando la lucha de todos los días? Si, pinto muchos salvavidas, a veces necesitamos salvavidas para salir a flote. Todos batallamos desde que nos levantamos hasta que nos vamos a dormir y en los sueños también. En el libro se muestra el paso de las batallas históricas a las batallas diarias. Las batallas históricas las hacía con collage. Sacaba fotocopias de las figuras ecuestres de Velázquez y las recortaba. Tenía todo desparramado por el piso, caballos y soldaditos de plomo. Armaba batallas y las iba pegando sobre mapas como los de la guía Michelin pero eran mapas en los cuales no coincidían los puntos geográficos. Llego un momento en que no quise más jugar con los caballitos ajenos y empecé a jugar con los míos. Me bajé del caballo y empecé a caminar por la tela, me sentía segura. Cada vez me fui animando más a ser yo. Ahora mis miedos, mis dudas, están en la tela así como mis momentos de diversión, esta todo ahí.

En el texto Rodrigo Alonso dice que hay un sentido trágico en tus obras, una capacidad para sortear obstáculos. En la vida puede ser difícil pero parece tus personajes lo logran.
Como ese personaje que todo le resulta difícil pero que cuando sueña, sueña con voces maravillosas y livianas. A lo mejor, mi pintura es lo que sueño.