Prólogos

La que mira

Julio Sánchez Baroni, 2022

No es ocioso comparar la pintura de Liliana Golubinsky con la literatura por su carácter fuertemente narrativo. Cientos, por no decir miles, de personajes recorren el espacio multidimensional de sus telas. A lo largo de los años Liliana ha tenido cierta preferencia por figuras que aparecen recurrentemente, algunas perduran, otras mutan y otras emergen por primera vez. En su obra se puede censar el busto de un prócer, el diablo, el mentiroso, el buda, el titiritero, el skater, animales como el conejo, el perro, el caballo, el pez o el reno, objetos como la casa, el agua, la estrella, y otros tantos como aquellos dispares elementos que cita apócrifamente Jorge Luis Borges en aquel Emporio celestial de conocimientos benévolos (en El idioma analítico de John Wilkins, 1952). El conjunto de actores genera a la vez un espacio y un clima particular, una escena coherente con un tema dominante, sea el agua, la noche, la naturaleza y hasta críticas solapadas a la realidad política argentina. Cada obra puede considerarse un conversation piece, si las entendemos como un estímulo para la conversación, tal como sucede en El jardín de las Delicias, de El Bosco, por citar al más célebre ejemplo. A la vez, Liliana, se anima a prescindir de los vaivenes de la narración como lo hace en La mar, y también en El hijo de la mar, donde niega la figuración y evoca la eternidad de las aguas con una paleta de azules. O se permite un combine painting (pintura y objetos) cuando incluye en la base de una pintura, Lo que se perdió, los restos de la vajilla color celeste y blanca que se fue rompiendo durante la cuarentena, es decir que el accidente se muta en obra.
Ahora bien, más allá de todo esto que se ve, y subrayamos “se ve”, nos vamos a detener en aquello que “no se ve” y es el proceso creativo, uno de los capítulos más misteriosos de la vida de un artista. Gran parte de la serie que presenta hoy Liliana se hizo en contexto de encierro durante los últimos dos años, la clausura no solamente fue del espacio urbano sino también el espacio interno de cada uno de nosotros. Nos encerramos en nuestras casas, hubo una retracción anímica que obligó a una introspección inusual para otros tiempos. En el caso de Liliana fue un muy fecundo diálogo interno, poco a poco fue retrayendo el dominio del intelecto y dejó avanzar a la intuición. El taller se volvió un espacio sensible donde las variaciones de luz, o los mínimos sonidos se convirtieron en interlocutores y el interlocutor mayor fue la tela en blanco o en proceso. En vez de abordar la tela con una idea preconcebida, con un mapa de personajes o situación, Liliana dejó que la tela se fecundara de figuras y colores. Algo semejante a lo que planteaba Miguel Ángel cuando decía que la forma estaba encerrada en el bloque de mármol y él solo tenía que liberarla, o cuando Leonardo da Vinci se detenía en las manchas de humedad en la pared o las nubes del cielo para completar las formas. Esa necesidad de funcionar como canal, como vehículo de formas arquetípicas puede aparecer en un contexto de silencio, intimidad y encierro; es la polaridad positiva de un aspecto que podría leerse como negativo. Tampoco olvidemos las recomendaciones que hacía el pope del surrealismo, André Bretón, para la escritura automática, dejar que las palabras o los dibujos fluyan sin inhibiciones ni represiones. La consigna llegó al paroxismo con los expresionistas abstractos de los años ´50, para quienes la pintura era puro gesto. ¿Qué implica este modo de creación menos intelectual? Básicamente estar atento a las voces internas y a las insinuaciones de la tela en blanco o ya pintada, en proceso. En todas esas obras hay varias técnicas, pastel, óleo, acuarela, carbonilla, collage que construyen una atmósfera acuosa, todo parece deslizarse, fluir, correrse, nadar, se percibe cierta ensoñación, un dejarse llevar por las imágenes de un sueño diurno. Si fuera música estas pinturas serían una polifonía del renacimiento, un conjunto de voces que se superponen en armonía. Así de fluida es la relación entre la artista y la tela que pinta, no hay un esquema forzado a priori sino una actitud de escucha ante la pantalla de la tela.
La que ve es el título de una de los cuadros de esta serie, a un costado hay un rostro aparentemente femenino con pañuelo en la cabeza (creemos) y lentes, que podría evocar a la escritora Victoria Ocampo. La que ve es precisamente nuestra artista, que no reproduce lo que ve o lo que piensa sino aquello latente en la tela que busca manifestarse. La tela es para ella un enigma que trata de descifrar, Liliana se convierte en un agente de transmutación, en traductora de una dimensión tan invisible como real.