Prólogos

Liliana Golubinsky

Publicado en " Liliana Golubinsky "
por Lorena Alfonso


Al abrir los ojos, un 9 de marzo de 1954, Liliana Golubinsky se asomó por vez primera al escenario de sus días: la ciudad de Buenos Aires. Cosmopolita, tumultuosa, habitada por personajes dispares y plagada de situaciones inverosímiles, la metrópoli se ofrecía como campo de exploración de una niña ávida por crear su país de maravillas.
Su infancia transcurrió en los barrios de Villa del Parque y Paternal, donde su padre tenía un negocio de máquinas de coser. Tímida y retraída -no le gustaba actuar en la escuela ni hablar en público-, buscaba refugio en la hoja de papel. En sus ratos de soledad, pintaba y dibujaba con lápices de colores, tizas y acuarelas.
Sus padres, incrédulos del oficio artístico, trataron de incentivarla para que estudiara arquitectura. Pensaban que la decisión de su hija de inscribirse en Bellas Artes era un hobby pasajero. Pero su ímpetu y la confianza en sí misma prevalecieron. En 1972 ingresó en Academia de Bellas Artes Augusto Bolognini, donde estudió durante cuatro años para luego especializarse en la Escuela Nacional de Bellas Artes Prilidiano Pueyrredón. El geométrico Ary Brizzi, uno de sus maestros, le enseñó las vibraciones de los colores. Una tarde en la escuela, Liliana le expresó su temor a olvidarse lo que había aprendido. Brizzi le contestó con una pregunta: El bebé que aprende a caminar, cuando se sienta, ¿se olvida cómo se camina?
A los 20 años se casó con Eduardo Krolovestky, compañero de su vida toda. Pertinaz, ideó el nacimiento de sus hijos en los meses veraniegos de modo que no interfirieran con sus estudios. En 1978 nacía Guido y en 1981, Lucila. Pero Liliana no dejó pasar ni un día libre sin pintar. Mientras cambiaba pañales y admiraba la obra de Toulouse-Lautrec, el living de su departamento se iba transformando en un pequeño taller.
Comenzó a frecuentar el taller del pintor Miguel Dávila. El compromiso y la generosidad de su mentor le permitieron que la estancia durara ocho años, de 1978 a 1986. Al día de hoy, con Sasha Dávila suelen decir que son hijos del mismo padre.
Compartía el taller con Juan Lecuona, Silvana Blasbalg, Ana Erman e Inés Vega, entre otros que iban en busca de su estética propia. Por esa época, manejaba un Renault 4 azul metalizado. Un día, frena en un semáforo rumbo al taller y un señor de saco blanco y sombrero que pasaba le toca el auto y levanta el pulgar con un gesto de aprobación. Era Antonio Seguí.
En 1980, realiza su primera muestra individual en la antigua Galería Lirolay. Sus pinturas atraviesan diversas temáticas y períodos que se debaten entre indagaciones sobre la forma y la plasticidad de los colores. Es tiempo de experimentación.
Corría el año 1984. El teatro Colón realizaba una experiencia inusual: los bailarines ejecutaban pasos y piruetas mientras los artistas dibujaban, en penumbras, croquis para ballet. Liliana se destacó por la agilidad y el desenvolvimiento de sus dibujos. Ganó el premio de la primera ronda. Emocionada, subió al escenario de la mano del bailarín Gerardo Finn y el director del teatro, en ese entonces Cecilio Madanes, le entregó la distinción. Contaba ya con el Premio Cecilia Grierson del Salón Nacional de Pintura, que había obtenido en 1982.
Durante los años ‘90 pintó paisajes de imaginación, combinando mucha materia con horizontes múltiples. López Anaya destacaba: “ha revalorizado el color, un color que se torna más y más saturado”. Siempre atenta a las manifestaciones de su memoria oculta, vienen a su encuentro sucesos mágicos, apariciones insospechadas de su inconsciente. En 1992, envía al Salón Provincial de Tucumán una obra titulada “Paisaje Suizo” que, curiosamente, fue integrada a otro concurso: el Salón de Paisaje. Viaja a Tucumán ya que resulta ganadora del Primer Premio Adquisición al Paisaje Salón Timoteo Navarro. Al dar un paseo por la ciudad, se detiene en el Cerro San Javier. Allí descubre, para su sorpresa, que el paisaje que había pintado era igual al que estaba vislumbrando: el valle, las casas, la iglesia, las tumbas, los árboles. No era Suiza, era Tucumán. En la inauguración, esa misma tarde, el pintor Luis Felipe Noé miraba atentamente la obra y se preguntaba: “¿Por qué tendrá banderitas suizas un paisaje tucumano?”
“La obra de arte es necesariamente subjetiva y en lo fundamental autobiográfica. Sólo los verdaderos artistas son los que logran que esa subjetividad se haga también objetiva, a fin de que todos los demás participen de ella”, decía Fermín Févre -su profesor de filosofía- en el prólogo a su muestra de 1993 en la Galeria Centoria.
En ese período, Liliana escribe: “Al cerrar los ojos vi el ancho mar, azul profundo, azul revuelto, luces rosadas, verdes, lilas. (…) El viento pegándome en la cara, contuve la respiración, las velas de los barcos tensas, vibrantes… ¡volé por los aires!”. Emergen en sus obras las batallas navales, los soldaditos, las procesiones, la cartografía, los caballos. Un espacio invadido por el uso del collage, el dibujo y la pintura. “Una Cruzada atemporal que transcurre sobre planos geográficos impresos en cuya superposición Jerusalén puede enfrentarse a la costa del Ecuador, y los ríos gigantes semejan ser un Nilo amazónico o un Mississippi africano”, en palabras de Albino Diéguez Videla. Sin ortodoxia, sin premeditación, Liliana armaba mapas de territorios imaginarios utilizando guías turísticas y apropiándose de personajes de libros de cuentos y de historia.
De pequeña, tenía un caballo de madera llamado Tatán, que desapareció de repente y nunca más volvió a verlo. Pero él retorna en sus obras, donde empiezan a aparecer caballos sin patas, con rueditas o plataformas de madera. Tatán, Tatán. En el prólogo a su muestra de 1995, Raúl Santana contaba que Liliana “pareciera recrear la experiencia prístina de los niños, (…) se comporta en las grandes telas como una niña que juega a ubicar sus caballos y soldaditos de plomo para comenzar la batalla.”
Y también hubo letra. Una escritura automática que aludía, más que narrar. Un refuerzo de lo incomprensible de las batallas que se sucedían, una y otra vez. Como en los cuentos de niños que escriben los adultos, hay risas, juegos y saltos, pero también truculencia, impacto, shock. Eludiendo el sarcasmo, creaba un mundo de ironía.
El nuevo milenio la encontró con taller propio. Estaba tan ensimismada en su trabajo que cuando alguien la llamaba por teléfono le decía: “Dentro de una hora voy para Buenos Aires.” El piso empezó a poblarse de seres que literalmente se escapaban de sus cuadros. Se expresaba, así, el carácter que irían adquiriendo sus pinturas: una figuración abigarrada de personajes. Alberto Pío Rosales, un amigo que la visitó en ese momento, se imaginó a Liliana “descansando en un taller custodiado por un grupo de Ángeles, que número sacro de siete, transmiten la paz de estas batallas de la vida, como solo ellos pueden hacerlo". Con la pintura de su paleta, dibuja elefantes, cabras, seres mitológicos, perros. Pompeya se había trasladado al barrio de Belgrano.
Una tarde en Casa FOA, una arquitecta le dio la idea de hacer banquetas. Las pintaba con marcador, acrílico y pastel, distribuyendo sus personajes por la tela y las patas de madera. Llegó a realizar hasta seis por día, pintando tarde y noche, sin ayudantes. Del piso al techo, el taller se llenó de banquetas. La noticia llegó a España, donde se fascinaron tanto que comenzaron a importarlas: las banquetas que iban para Barcelona tenían atada una cinta verde, las que iban para Madrid una cinta amarilla. Fue así como la convocaron a realizar muestras en esas dos ciudades, y también en Bilbao.
En la feria de ArteBA expuso banquetas y biombos. Allí el renombrado galerista Natalio Jorge Povarché se interesó por su obra. Desde el año 2003 -y hasta la actualidad- expone en Galeria Rubbers. Abandona el collage y las figuras recortadas por el dibujo de sus personajes citadinos. En el 2008, Julio Sánchez titulaba así el prólogo de su muestra Cuestión de actitud: “La perspectiva de sus cuadros no es geométrica, y cohabitan varios códigos de representación: una figuración cercana a la historieta (sin serlo), expresionismo abstracto y escrituras”. Liliana mira, ve, observa, pinta. Por arriba y por debajo del espacio pictórico se desplazan multitudes, nadadores, diablitos, héroes y heroínas de la existencia cotidiana.
La inquieta otro tipo de contemplación, más delicada. En sus viajes mira el paisaje humano. Los pequeños, sutiles gestos de las relaciones interpersonales. Dos amigas conversando, la señora que cruza la calle, autos apilados en el tránsito, grupos festejando. Figuras que se dicen cosas en los títulos de sus obras: Yo te embisto, tu me embistes, Soy la mujer de tus sueños, No soy yo es usted, Mírame a los ojos y Me volvió a sangrar la herida. Murmullos cotidianos que contienen el valor de la anécdota. “Las imágenes se pueblan de significados, pensamientos, asociaciones, recuerdos” reflexiona Norberto Griffa en su muestra Visiones, del 2010. Ese año, realizó la exposición Reflections of my Daily Life en la galería The Americas Collection de Miami. Allí, confesaba que nunca trabaja con bocetos previos. Hay personajes que no recuerda haber hecho porque le “salen de adentro”, se le cruzan las imágenes en su deambular por la ciudad, se impregnan con tanta fuerza que terminan desatando en la tela un sinnúmero de líneas y colores. No hay olvido, hay representación de lo vivido en constante fluir. Tan rápido afloran las figuras que muchas veces se pregunta si lo que acaba de dibujar no fue hecho por otra persona.
Pinturas, su exposición del año 2012, afirma la naturaleza móvil de los caracteres en sus lienzos. Hay obras que se alteran con el paso del tiempo. Las figuras saltan de un cuadro a otro y el relato cobra, como en los polípticos, un ritmo incluso más desordenado. Compone sus pinturas sobre superficies de color: linos azules, marrones, grises, celestes. Denota en sus telas un lírico sarcasmo que la crítica Nelly Perazzo supo entrever en el prólogo del catálogo.
A simple vista, Liliana es una persona tranquila, risueña, relajada. Afinando un poco más la mirada, se la descubre inquieta, ansiosa, sin la voluntad de soportar la espera. Suspendida en lo tragicómico, se aventura a dar cuenta de las acciones diarias en clave de cuento para niños. La parábola, sin embargo, es clara. No hay dobles sentidos. Los estereotipos que encontrábamos en los relatos infantiles parecen, finalmente, cobrar vida. Pues, varias veces, la artista admite haber conocido personas que antes vivieron en la superficie de sus obras. Su muestra más reciente en Galería Rubbers llevaba el acertado título de Sintonía y conjuro.
Liliana vive, pinta y sueña en Buenos Aires. Con los ojos abiertos al mundo, todos los días abandona la contemplación y, como la Alicia de Lewis Carrol, “sentada con los ojos cerrados, casi se creía en el país de las maravillas, aunque sabía que sólo tenía que abrirlos para que todo se transformara en obtusa realidad”. O, que sólo tenía que pintar para transformar las fantasías y los sueños en una maravillosa realidad.