Prólogos

Cuestion de Actitud

Publicado en " Cuestion de Actitud "
por Julio Sánchez


Un emperador chino pidió a todos los pintores de su reino que le acercaran la mejor pintura jamás pintada. Durante semanas desfilaron ante él cientos, miles, de artistas que trataban de impresionarlo con retratos de mujeres de sonrisa insinuante, paisajes azafranados por el crepúsculo, fantásticos dragones voladores y pagodas recortadas por la luz plateada de la luna. El emperador miraba con ojos grandes y reposados, pero nada parecía conformarlo, sus labios quedaban sellados por la indiferencia. Hasta que apareció un pintor con cuadro de espantosas tempestades, vientos huracanados que destrozaban todo, estruendos de puentes derrumbados y ríos de lodo que -con el terror de un monstruo informe- todo lo destrozaba. Un sudor corrió por la espina dorsal del Emperador, estaba frente a la pintura más bella de su reino. Ni princesas ni sirvientes ni cortesanos ni oficiales de su ejército entendieron. Con la actitud augusta de su rango el Emperador explicó que en medio de todo ese tembladeral de horrores podía ver cómo un ave apaciguada en su nido daba de comer a sus pichones. Aquel Emperador sabía que esa era la verdadera belleza, poder conservar la calma en el medio de la opacidad gris de la tormenta, seguir escuchando la propia melodía en medio del rugido de las tormentas. Las últimas pinturas de Liliana Golubinsky suponen tempestad urbana, un caótico encuentro y desencuentro de decenas de ciudadanos flagelados por la violencia cotidiana. Sus figuras vuelan en el espacio pictórico arremolinados por el devenir urbano, como en una pintura medieval donde suceden varias escenas a la vez. La perspectiva de sus cuadros no es geométrica, y cohabitan varios códigos de representación: una figuración cercana a la historieta (sin serlo), expresionismo abstracto y escrituras. La pintura es claramente narrativa, aunque no lineal, y la convivencia en el espacio urbano es un nudo significativo. Liliana retrata su espacio cotidiano, el de todos los porteños y por extensión, el de los habitantes de una gran metrópolis. Cruzar una calle puede convertirse en una lucha titánica, la zebra peatonal en un jeroglífico incomprensible y el semáforo en un alambique inútil, pues nadie parece respetar las leyes de convivencia urbana. Normas de seguridad básica, como el funcionamiento de radares en un aeropuerto son enmendadas por las pericias de pilotos experimentados o por la gracia divina. Ya nadie parece saber cómo se convive con el otro. Las frases escritas en los cuadros son incomprensibles, y esto va a tono con la “era de la comunicación” que ha generado una sociedad autista y un “ombligocentrismo” exacerbado, a todos les importa hablar, pero a nadie escuchar. Las mujeres están desnudas y los hombre vestidos, como si las primeras estuvieran más expuestas a los vientos huracanados de todos los días. Hay perros por doquier, pero no como símbolo de fidelidad, sino como animal molesto, perturbador, tal como aparece en El Loco (el arcano sin número del tarot marsellés), mordiendo la pantorrilla del caminante y estorbando su andar. Hay una constante en todas las escenas: el equilibrio (o desequilibrio) de los personajes, algunos hacen piruetas de bull-leaping (salto al toro, como en aquellas pinturas minoicas), otros cuelgan de trapecios, montan autos o aviones como quien sube a una patineta, y se debaten entre la asana yóguica y la pirueta del circo Soleil. Los cuadros de Liliana son como ápices de aquel cuadro que había espantado a los súbditos del Emperador, la artista nos muestra el caos cotidiano al que a veces nos acostumbramos sin darnos cuenta, pues el umbral de tolerancia a la violencia sube cada vez más. En las pinturas no hay un ave apaciguada alimentando a su pichón, los personajes no han encontrado todavía la calma y el equilibrio, están en la búsqueda y sigue soportando los avatares de la incomunicación, el no respeto por el otro, la indiferencia y la falta de solidaridad. Sin embargo, las pinturas no son denuncia ni resignación, el espíritu chispeante de cada una nos habla de un camino a transitar. Pareciera que los personajes de Liliana todavía no llegaron a la plenitud y a la paz interior, pero cada una de las pinturas nos transmite una confianza infinita; todo es cuestión de actitud.